jueves, 25 de octubre de 2007

Sencillamente, sencillo...


A veces me pregunto por qué complicamos tanto las cosas, por qué hacemos más difícil lo que de por si ya es complicado y más complicado, lo que de por si es fácil.

Supongo que en el fondo nos deben de gustar las complicaciones, que no es lo mismo que los problemas. Pero resulta curioso ver cómo desconfíamos de aquello que parece fácil y nos sentimos atraídos por aquello que resulta complicado. En un pensamiento supérfluo , es obvio que cuando conseguimos algo complicado la sensación de victoria, de satisfacción personal y de autoestima crecen enormemente, comparándolo a cuando conseguimos algo que ha resultado fácil de alcanzar. Es tan sencillo como pensar que, lo fácil no se valora tanto como lo complicado.

Pues bien, yo reivindico lo fácil, lo que no es complicado, la sencillez...

No quiero quitar mérito a la solución de situaciones que son complicadas, aquellas situaciones en que las cosas vienen dadas de esa forma y sólo queda la opción de enfrentarse a ellas tal y como vienen. Sí le quito mérito a las situaciones que complicamos nosotros mismos, a pesar de que las mismas al principio tuvieran un origen y una solución fácil. Y, bajo mi punto de vista, es obvio también el por qué...

Hay pocas cosas que se puedan valorar tanto en esta vida como el tiempo, si malgastas tu tiempo, malgastas tu vida. Las situaciones complicadas y su resolución, implican, normalmente, mucho esfuerzo y mucho tiempo, por lo que si complicamos las situaciones que son fáciles, y que podríamos haber resuelto en un breve espacio de tiempo, lo que hacemos es malgastar tiempo y energías, lo cual, sencillamente me parece absurdo. Ese tiempo se podría haber dedicado a la familia, a tus hijos, a tus padres, a tus amigos, a tus aficiones, en cambio, decidimos complicar lo sencillo y sacrificamos ese tiempo en conseguir algo que, en su origen, hubiera sido mucho más fácil de lograr, por el simple hecho de sentirnos orgullosos de haber conseguido algo complicado.

Reivindicar lo sencillo para aprovechar el tiempo, nuestro tiempo.
Una discusión, por ejemplo, no deja de ser una discusión, todos discutimos alguna vez por los motivos que sean, pero ahi debería de acabar la cuestión, si me equivoqué, pido perdón, si te equivocaste, actúa en consecuencia, si ambos nos equivocamos hagamos algo para enmendar el error, pero si complicamos las cosas, si no somos capaces de entender que nuestras razones no tienen por qué ser las de los demás, que nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestras opiniones no tienen por qué estar compartidas con el mismo entusiasmo por los demás, si entendiéramos que el tiempo que pase es tiempo perdido... Y en todo caso, si no hay una solución para la discusión, si no hay culpables, y si resentimiento, si no hay la sensación o la necesidad de arreglar las cosas o llegar a un entendimiento, entonces, ¿para qué seguir discutiendo y perdiendo el tiempo? Es mejor avanzar, dar el paso firme y decidido, y seguir cada uno su camino.

A veces lo sencillo, se torna complicado, a veces lo sencillo lo complicamos nosotros, a veces, ni si quiera valoramos la opción sencilla, por el simple hecho de ser sencilla...

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