miércoles, 10 de octubre de 2007

Gritos


Al principio eran susurros, ecos de voces lejanas, sonidos casi imperceptibles salvo en los extraños momentos en los que el silencio casi absoluto te rodea, y al principio, casi no les daba importancia.


Con el tiempo, esos susurros se convirtieron en voces claras, en palabras perfectamente audibles hasta en los sitios donde el ruido del entorno es ensordecedor y casi ni te permite escuchar a la persona que tienes en frente, sin embargo, estas voces tienen la capacidad de ser entendidas en cada sitio y en cada instante, independientemente del ruido que te pueda rodear. A pesar de oir estas voces con claridad, durante este tiempo tampoco les presté la adecuada atención a sus palabras o a sus mensajes.


Ahora ya no hablan, sólo me gritan, y me temo que llevan razón en gritarme. No son voces humanas, no son voces de ultratumba, ni si quiera son voces imaginarias nacidas de un brote psicótico, son las voces y las conciencias de todo aquello que estoy ayudando a destruir. Las voces de los árboles, algunos milenarios, otros centenarios y otros a los que apenas les ha dado tiempo a vivir, las voces de las aves que ya no surcarán más los cielos porque un día se extinguieron, y también de aquellas que están a punto de hacerlo y a las que les da miedo seguir haciendo lo que mejor hacen, volar, las voces de los grandes cazadores, de los lobos, de los tigres, de los leones, de los osos, de los jaguares, cuya fiereza va quedando mermada progresivamente con la desaparación de sus congéneres, de sus habitats, las voces de los mares, contaminados por desperdicios humanos, mermados por pescas abusivas y destructivas, arrasados por un turismo mal entendido, mal enfocado e irresponsable, las voces de los grandes navegantes del océano, intentando ocultarse en las oscuridades del fondo marino para no ser descubiertos por esos neófitos navegantes que surcan los mares en veleros de muerte, libres de pena alguna por no respetar las leyes de la naturaleza, y en muchos casos tampoco la humana, voces de niños que un día nacieron en un sitio equivocado, sin derecho a elegir, sin derecho a una oportunidad, aunque la misma simplemente sea la oportunidad de seguir viviendo, voces de personas hambrientas, sin nada que llevarse a la boca, salvo que sean sus propias palabras, voces de personas sin opciones, sin salidas, encerradas en un laberinto dictatorial, donde sólo hablan de lo que se puede hablar y callan lo que su alma quiere contar, voces de personas desaparecidas por una batalla política, transformada en una guerra real donde nadie gana y todos pierden, donde las malas palabras dieron paso a las balas, donde el orgullo o los intereses políticos o económicos dieron paso a las bombas que cercenan vidas que nunca debieron dejar de existir por tales razones, gritos de quienes un día juraron amar hasta la muerte y la muerte les vino de aquella persona a la que juraron amar...


Gritos de desesperación, de auxilio, de impotencia, de frustración, de dolor, de incompresión, de amargura...

Gritos de lucha por la subsistencia, de incorformismo ante la destrucción...


Susurros que no fueron escuchados, voces nítidas que tampoco fueron atendidas, convertidas hoy en gritos.... Gritos, gritos y más gritos...


No sólo están en mi cabeza, y no sólo soy yo capaz de escucharlos, todos los oímos, pero no todos queremos hacerles caso a lo que nos cuentan...


¿Qué haremos cuando ya no quede nada que destruir?, cuando las selvas, la sabana, las estepas, los bosques o las dehesas hayan desaparecido, cuando la vida salvaje sólo sea un recuerdo efímero reflejado torpemente en los zoológicos, cuando la vida en el mar se haya agotado y las playas se hayan convertido en piscinas de gran tamaño donde la única vida que habite será la que esté ceñida a un bañador, cuando se haya acabado la molesta conciencia de ver que hay personas que viven al borde del hambre y de la miseria, porque ya habrán muerto todos, cuando ya no haya a quien hacer daño, ni a quien perjudicar por ser inferior en fortaleza o recursos, cuando ya no haya paisajes que observar, ni sonrisas que disfrutar, ni miradas que brillen de felicidad, sólo nos quedará la propia autodestrucción, pero no nos damos cuenta de que esa autodestrucción ya la hemos comenzado... Por eso nos gritan, por eso nos hablan, por eso nos avisan, pero parece que no queremos escuchar...

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