miércoles, 27 de junio de 2007

Un pequeño cuento


Allí estaba él, sentado en el bar, desahogando sus pensamientos en el silencio, en su silencio, ese silencio rodeado de palabras, del murmullo de la gente que bailoteaba entre las notas de la música de fondo. Allí estaba él, con la mirada medio perdida en un punto lejano, como intentado enfocar algún paisaje, de algún sitio remoto, que le transmitía serenidad. Allí, en el bar, la gente le hablaba, él oía, de vez en cuando escuchaba y contestaba y alguna vez, incluso, participaba de las bromas. No solía beber, sólo en contadas ocasiones, y generalmente nunca se excedía, pocos recordaban haberle visto borracho, pero hoy ya se había tomado su cuarto cubata.


Ella, delgada, débil, pálida, parecía la plasmación perfecta de un genial pintor que intentó reflejar la imagen del miedo y la tristeza en un solo rostro, era joven, pero una vida muy intensa había reflejado en su cara y en sus manos las marcas de una edad que no le correspondían. Hablaba serenamente, a pesar de parecer vivir instaurada en el miedo, su partener en la conversación, la escuchaba atentamente, eran como dos gotas de agua, sólo que en este caso, su hermana, parecía haber sido pintada por el mismo genial pintor que quiso reflejar también la imagen de la felicidad y la belleza, como para compensar la obra tan pefecta sobre la imagen del miedo y la tristeza que había creado. Era como si la felicidad se mirara al espejo y viera en si misma reflejada la peor de sus enemigas, deformando su rostro hasta tal punto que, sin dejar de poder identificarla, se viera claramente cada una de las cicatrices, de los trazos y dibujos que el miedo llega a dibujar en tu cara.


Hablaba serenamente, ella, la imagen del miedo y la tristeza, mientras que la imagen de la felicidad y la belleza no era capaz de mantener la tranquilidad en sus palabras, quería ayudarla, pero no sabía qué le había pasado para llegar al estado en el que estaba.


- Tú siempre fuiste mucho más guapa que yo, y ahora te miro y casi me cuesta reconocerte, has envejecido como si tuvieras ya tantos años que ni te acordaras de cuantos vas a cumplir, y a penas llegas a los 28.


- No pasa nada, querida hermana, es sólo una mala racha, y últimamente no me encuentro bien, me faltan fuerzas, pero todo pasará, todo siempre pasa, y esta mala racha, tarde o temprano también pasará, es sólo cuestión de tiempo. Recuerda que siempre fui fuerte, y lo seguiré siendo- Replicó con una sonrisa tan forzada que casi había que imaginarse que realmente era una sonrisa y no una mueca de dolor, por usar músculos y tendones que llevaban mucho tiempo sin realizar un gesto ya casi olvidado.


Las lágrimas brotaron de los ojos de la imagen de la felicidad y la belleza, y aunque esas lágrimas no restaron un ápice de belleza al conjunto de su imagen, eran de dolor, de impotencia...

Un gesto suave, de unas manos ásperas, secaron las lágrimas que corrían por su mejilla, y le dijo dulcemente al oido, no llores hermanita, pronto estaré bien... Un cálido abrazo, una mirada y palabras que se ahogaron en la garganta para no salir nunca fueron los protagonistas de su despedida.


Él llegó a casa, le costó entrar, porque el efecto del alcohol no le permitió ver bien dónde estaba la cerradura exactamente, dejó sus llaves en el suelo, aunque realmente las intentó dejar en el mueble al lado de la entrada, fue a la cocina y allí estaba ella, que al verle, volvió a intentar dibujar otra sonrisa, pero esta vez, por más que se esforzó, su mente había olvidado cómo era aquello de sonreir... Él la miró, con desprecio, y murmuró algo, casi ininteligible, pero que ella oyó, "podrías cuidarte un poco, estás horrorosa, ¿dónde está la cena?". Había aprendido a entender sus murmuraciones, sus gestos y miradas, pero no había aprendido a curar cada una de las heridas que sus palabras le hacían en el alma y en el corazón. Él, que antes la llamaba de veintemil formas, cada una más bonita y cariñosa, hoy le hablaba como si fuera el último despojo de la tierra, él, que se enamoró de cada centímetro de su cuerpo, hoy despreciaba hasta su presencia en el mismo cuarto, él, que la había hecho sentirse como la princesa en un cuento de hadas, hoy le hacía sentirse como la protagonista de la peor de las pesadillas, él, que la hizo tocar el cielo, hoy le había hecho bajar al peor de los infiernos. Mientras cada uno de los recuerdos de aquellos momentos maravillosos vividos en otra época, pasaban por su mente, le sirvió la cena en una mesa preparada para dos, pero cuando ella fue con su plato a sentarse a su lado, él ya se había levantado para irse al salón, ella se quedó sóla, en la cocina, con una cena que ni probó, porque ya estaba empachada de tristeza y no le entraba nada más en el cuerpo. Allí sola, sus pensamientos se algopaban, el corazón le latía fuertemente, notaba una presión en las sienes que era casi insoportable, no podía más, le quería con locura, daría su vida por él, pero no podía seguir viviendo así, se levantó rápidamente, su cuerpo, tan delgado, tan frágil, andando tan deprisa, daba la impresión de que flotaba en vez de andar para ir al salón. Allí al llegar a su lado, le miró y fue a decir algo, pero justo en ese momento, él la miró y le dijo:


-¿Quieres algo?


- No.... - Dijo titubeante


- Pues entonces no molestes!!!


Ella se le quedó mirando fijamente, ¿dónde estaba aquel hombre del que se enamoró?, ¿dónde quedaron los momentos en los que se querían con locura? Quizás sólo se los imaginó y nunca existieron... De repente, oyó una voz, fina, casi inaudible, pero que reconoció en seguida... Era ella...


- ¿Qué has dicho mujer? Mira que eres pesada!!!


- Que me marcho, no aguanto más, te quiero, pero no puedo seguir así, no puedo más...


De repente, algo se movió en el interior de su cuerpo, la sangre empezó a correr con tanta velocidad que nublaba su mente, pero le hacía sentirse fuerte, notó un gran escalofrío por la espalda que contrastaba con el calor que sentía en su cuerpo y el sudor frío que caía por su frente, no se acordaba de haberse levantado del sofá, pero allí estaba, frente a ella, gritando mil barbaridades mientras ella frágil y débil miraba al suelo, no era la primera vez de aquella escena, le daban miedos sus gritos. Por eso mirando al suelo, se giró lentamente y empezó a andar hacia el dormitorio, quería coger una chaqueta y las llaves de su coche para irse, él la gritaba que no se le ocurriera hacerlo, pero ella ya no le oía, sólo escuchaba una bonita canción en su cabeza, notaba ya el frescor de la noche en su cara, la sensación de libertad, de haber pasado el miedo, de olvidarse de la tristeza, y de repente surgió de la nada, pero surgió, allí estaba, pudo verla en su reflejo en el espejo del dormitorio, su sonrisa, estaba allí no se había ido, no se le había olvidado, simplemente es que hasta ese momento no había tenido motivos para sonreir y se dio cuenta de que la sonrisa no es una orden del cerebro a los músculos de la cara, sino que sale del alma...


Allí estaba ella, mirando su sonrisa en el espejo, tan absorta en ese breve momento de felicidad que no le vio llegar a pesar de los gritos que le seguía regalando, ella ni le miró, salió de la habitación y se dirigió a la puerta, pero él la siguió, la agarró del brazo, pero era tan fino y delgado que se le escurrió entre los dedos, ella prosiguió su camino a la puerta, pero él llegó a tiempo para sujetarla, gritos, y más gritos, o eso suponía, porque ella seguía escuchando la alegre canción que sonaba en su cabeza mientras intentaba volver hacia atrás, para salir por la puerta del jardín, pero algo la paró, de repente estaba en el suelo, y él también había caído, no se podía mover, sólo consiguió girar la cabeza y verle, él estaba llorando, pedía perdón, la estaba hablando como hablaba antes de que todo cambiara, le decía todas aquellas cosas bonitas que tanto le gustaban, lé miró a los ojos y encontró la verdad en ellos, no había rastro de falsedad y mentiras en sus palabras....


Él se levantó del suelo, tenía un fuerte golpe en la frente, lloraba desconsoladamente. Al intentar volver a sujetarla para que no se fuera, y por el efecto del alcohol perdió el equilibrio por lo que en vez de sujetarla, lo que consiguió fue darle un tremendo empujón y caer al suelo, ella, tuvo la mala fortuna de golpear contra una pared y en su caida golpeó con su cuello contra una silla, quebrándose como una fina lámina de cristal que es golpeada con un martillo, una muerte rápida en la mayoría de los casos, salvo en el suyo. Ahora él la sujetaba en sus brazos, ella no hablaba y le costaba fijar la vista, le oía decir que la quería, que la quería con locura, que había sido un imbécil, también oía muchas cosas preciosas que le decía al oido, y cómo le pedía perdón una y otra vez, pero ya no las necesitaba, ni las palabras bonitas ni el pedir perdón, ya no le necesitaba, y poco a poco consiguió sacar fuerzas para decirle algo:


- No me mataste hoy, no me muero por las heridas que puedas ver en mi piel, morí hace mucho tiempo por las heridas que me hiciste en el alma con tus palabras y tus desprecios y que no dejaron de sangrar desde el primer día que me dijiste la primera. No te puedo perdonar por tanto sufrimiento, pero aún así te quiero como no quise a nadie en mi vida...


La puerta se abrió, allí en la puerta se quedó de pie, helada, por la escena, la viva imagen de la felicidad y de la belleza, pero esta vez al ver a su hermana en el suelo el miedo consiguió retorcer su bello rostro... Corrió cuando consiguió reaccionar, fue a su lado, lloró, mientras su hermana la miraba y la dedicaba, esta vez, una de las más hermosas sonrisas que jamás se hubieran visto, ella sólo era capaz de llorar, él ya había ido a pedir una ambulancia...


Allí estaban, las dos hermanas, en el suelo, ahora parecían verdaderamente dos gotas de agua idénticas, ambas rotas por la tristeza y el miedo, aunque de formas diferentes. Entre sus sollozos consiguió oir un fino hilo de voz, por lo que se tragó sus lágrimas para poder escucharla mejor:


-Ya te dije antes que no lloraras hermanita, porque ¿ves? llevaba razón, pronto estaré bien...


Y sus ojos se cerraron.


Llegaron los de la ambulancia, aún quedaba algún hilo de vida en aquel cuerpo débil y frágil, envejecido prematuramente, pero esta vez su cara dibuja una sonrisa y transmitía serenidad.


- No hemos podido hacer nada por ella, lo sentimos muchísimo - comunicó un miembro del sámur a la hermana mientras él era llevado a comisaria.


El análisis forense determinó que en el cuerpo había evidencias de maltratos físicos evidentes, y que los mismos se llevaban cometiendo desde hacía varios años.


En el juicio se volvieron a ver la caras, él estaba mucho más delgado, ella, había pedido parte de la felicidad y de la belleza que siempre se habían reflejado en su cara. Se acercó lentamente al detenido, un sudor frío le caía por la frente...


- Lo peor de todo es que la mataste hace mucho tiempo, hoy ella sería la imagen de la belleza y de la felicidad, siempre sonreía y era preciosa, pero tú la convertiste en la imagen del miedo y de la tristeza por el simple hecho de que sabías que te quería y que te hubiese querido hasta el fin de sus días. Ojalá, dentro de esa mente y de tu corazón, si es que tienes, quede un atisbo de conciencia y sufras toda tu vida sabiendo que has matado a la mujer que sólo quiso hacerte el hombre más feliz del mundo, que guardaba la mejor de sus sonrisas para dedicártela cada día y que sólo cometió el error de enamorarse de ti....


Él bajó la mirada y por su cara cayeron varias lágrimas, quizás el deseo de ella se cumpliera y quedara un atisbo de conciencia en su interior...


Ojalá nunca hubiera escrito este pequeño cuento...

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